lunes, 9 de mayo de 2016

25 cosas en las que pensar antes de crear un personaje

A la hora de escribir, crear un personaje convincente es probablemente la parte más difícil y más importante.
Si los personajes fallan, la historia se desmorona, por bien que hayas trabajado su trama.
Por tanto, antes de empezar a concebir tus personajes hay veinticinco cosas en las que debes pensar.
Vamos a verlas.

1. Piensa un conflicto

Los personajes que tienen todo lo que necesitan y logran todo lo que quieren son aburridos.
¿Dónde está el conflicto? ¿Dónde la lucha por superarse a sí mismos o las circunstancias y alcanzar sus objetivos?
Al crear un personaje, asegúrate de poner piedras en su camino, de hacerle sufrir un poquito. De lo contrario el lector se va aburrir a las pocas páginas.

2. Dale objetivos

Tu personaje necesita objetivos, una meta que alcanzar, algo que lograr.
Incluso si no los nombras específicamente. Incluso si solo al final el personaje descubre que eso, y no otra cosa, era lo que había querido durante toda su vida, los objetivos deben estar ahí. Latentes.
Porque alcanzar sus objetivos (aunque tal vez ignorados) es lo que debe impulsar cada cosa que tus personajes hagan.

3. No le llames personaje femenino fuerte, llámale mujer

En la vida real las mujeres son fuertes: trabajan, cuidan de su familia y cuidan de sí mismas. Es precisamente la tradición literaria (y cinematográfica) la que las ha convertido en seres pusilánimes, siempre a la espera de que otro resuelva sus problemas.
A la hora de crear un personaje femenino, fíjate en las mujeres reales de tu entorno. Verás que la fortaleza es intrínseca a ellas.
Y ten cuidado de no hacerlas resaltar a ellas a costa de otros personajes, como vimos cuando hablábamos de personajes estereotipados.

4. Elige el sexo al final

¿De verdad importa tanto si tu personaje es hombre o mujer?
En la mayoría de las novelas este detalle no es tan relevante.
Piensa bien cómo quieres que sea tu personaje, qué cualidades va a tener, cuáles serán sus defectos, cuáles sus virtudes. Imagina cuáles serán los problemas a los que se tiene que enfrentar y con qué talante lo hará.
Solo al final decide si será un personaje masculino o femenino.
Hacerlo antes puede hacer que descartes ideas interesantes porque estarás imbuido por prejuicios y estereotipos.
La historia de una niña que quiere ser bailarina es interesante. Pero ¿y la de un niño que quiere ser bailarín? Ahí está Billy Elliot.

5. Cuidado con los traumas

Al crear un personaje, no es necesario que arrastre un trauma desde su infancia para ser interesante.
Como en la vida real, lo que importa no es nuestro pasado, sino la manera en que afrontamos el futuro.
Más importante que las heridas del pasado son las metas que plantees para tu personaje, porque las metas serán lo que le haga avanzar y evolucionar.

6. Cuidado con las caricaturas

Puedes necesitar en tu novela o relato un personaje arquetípico, como el avaro o la chica guapa. Pero al hacerlo, ten cuidado de no convertirlo en una caricatura.
Hay solo un paso entre uno y otro, pero el efecto sobre el conjunto de la historia es enorme.

7. Cuidado con los arquetipos

Los personajes arquetípicos demuestran falta de imaginación.
Pueden estar bien como personajes secundarios, pero no los conviertas en protagonistas.
Y si te basas en un personaje arquetípico para construir tu protagonista, dale cuantos rasgos de originalidad puedas.
De lo contrario el lector tendrá la sensación de que ya ha conocido antes a tu personaje en algún lugar.

8. No tengas miedo al fracaso

No tengas miedo al crear un personaje de hacer que fracase.
De hecho, ver a un personaje fracasar suele resultar más interesante para el lector que verlo triunfar.
Será porque aprendemos más de los fracasos que de los éxitos.
Así que, al crear un personaje, aunque al final lo logre, pónselo difícil. Haz que sus propósitos naufraguen alguna vez. Recuerda el punto uno.

9. No juzgues

No juzgues a tus personajes.
Limítate a dar las claves de por qué son como son y por qué actúan como actúan. Así los harás humanos y, por tanto, más reales.
Deja que sea el lector quien juzgue.

10. Cuida las relaciones

Un personaje también muestra mucho de sí mismo por cómo interactúa con el resto de los personajes.
¿Cómo se relaciona tu personaje con su madre? ¿Y con su novio? ¿Y con sus compañeros de trabajo? ¿Quiénes son sus amigos?
Construir un buen entramado de relaciones puede ayudarte a contar más de tu personaje que largas descripciones e incluso que un monólogo interior.

11. No somos perfectos

Las personas reales no somos perfectas.
Eructamos, tenemos michelines, nos salen pelos en las orejas.
Son imperfecciones cotidianas con las que lidiamos día a día. Forman parte de nuestra condición de seres humanos.
¿Por qué entonces las hurtamos al escribir?
No hace falta que llenes tu novela de cosas escatológicas, pero a tu personaje pueden sentarle mal unos pantalones o apretarle las gomas de los calcetines.
Esas cosas pasan.

12. La muerte también es una opción

Todos tenemos que morir un día.
¿Por qué no tus personajes?
La muerte forma parte de la vida. Contémplala como opción.
Es muy duro matar a un personaje, pero puede ser un destino grandioso. Piensa si no en Anna Karénina.

13. Elige bien los nombres

El nombre de un personaje puede pervivir para siempre, puede ser un referente lleno de significados. Piensa de nuevo en Anna Karénina. O piensa en Harry Potter.
Elige el nombre de tus personajes con atención. Y ten cuidado de no ser demasiado original, a no ser que estés escribiendo ciencia ficción.

14. Menos es más

No hay una receta que puedas seguir para crear grandes personajes.
Pero si te fijas en los mejores chefs verás que trabajan con pocos pero bien elegidos ingredientes.
La complejidad de un personaje no viene dada por una biografía farragosa, sumada a un trauma del pasado y su deseo de ser luchador de sumo.
Al crear un personaje, identifica bien su meta y su conflicto, céntrate en ellos y trabaja a partir de ahí.

15. Busca la empatía

Tienes que buscar que el lector empatice con tus personajes. (En el curso Cómo Escribir Una Novela hacemos mucho hincapié en cómo lograrlo).
Incluso tus villanos deben tener cualidades redentoras que permitan que el lector pueda ponerse en su lugar.
Busca esas cualidades y desarróllalas.

16. Instintos básicos

Nuestros instintos primarios nos empujan a conseguir comida, abrigo y sexo.
Puedes darle una vuelta de tuerca a estos instintos básicos relacionándolos con el ego y te encontrarás con infinitas posibilidades.
La necesidad de abrigo puede transformarse en la obsesión de una fashion victim y la de sexo en una compulsión que necesite ayuda psiquiátrica.
Explora las posibilidades.

17. Ambientación, no estereotipación

Si decides ambientar tu novela en el pasado deberás documentarte bien para lograr una buena ambientación: qué vehículos se usaban, cómo vestía la gente, cómo se relacionaban entre sí, etc.
Sin embargo, eso no significa que tus personajes deban ceñirse a los convencionalismos de la época. O al menos no del todo.
El hecho de que un personaje viva en el pasado no significa que tenga que ajustarse a estereotipos anticuados. Su conflicto puede provenir, de hecho, de su deseo de superar los convencionalismos con los que su época trata de lastrarle.

18. Di no a los personajes perfectos

Con los personajes perfectos sucede lo mismo que con los que logran todo lo que quieren sin esfuerzo y todo les sale bien: cansan.
Es imposible que el lector se identifique con ellos porque las personas de carne y hueso tenemos defectos.
Así que al crear un personaje asegúrate de darle debilidades, miedos, manías, inseguridades.
De esta manera el lector sí podrá reconocerse en ellos.

19. Fomenta el conflicto

Venimos recomendándote que hagas a tus personajes humanos.
Hazlo, menos en una cosa: no copies nuestra tendencia a huir del conflicto.
A nadie le gusta pelear y por lo general rehuimos los retos. No nos gusta salir de nuestra zona de confort.
Pero eso no vale para escribir una novela. Porque en una novela el conflicto es el motor de la acción.
Así que tienes que hacer que el personaje afronte retos, acepte discusiones, busque enfrentamientos.
Puede titubear y desear no tener que hacerlo, eso lo humanizará. Pero al final tendrás que hacer que tome el toro por los cuernos cuantas veces haga falta.

20. Olvídate del pasado

No te obsesiones con crear todo un pasado para tu personaje. No hace falta.
Como hemos dicho al hablar de los traumas, el pasado no importa, importa el futuro.
No necesitas inventar una biografía pormenorizada de tu personaje, basta con que te centres en aquellos aspectos de su pasado (si los hay) que afectan a su presente y a su manera de afrontar el futuro.
Qué importa si se cayó en el patio del colegio y tiene una cicatriz en la rodilla derecha. Ese detalle solo es relevante si esa cicatriz hace que le confundan con un sicario ruso y que la Interpol le detenga.
No pierdas el tiempo construyendo un pasado para tu personaje. Ocúpate de su futuro.

21. A veces pasa

No te sorprendas cuando tu personaje hace algo que no te esperas.
Es la magia de la escritura.
Deja que la historia siga su camino, puede que te lleve a un lugar inesperado.
Si no te convence, siempre puedes pulsar la tecla “Suprimir”.

22. Inspírate, pero crea

Las personas reales rara vez son lo suficientemente interesantes como para convertirse en grandes personajes.
Tal vez por esa manía de eludir el conflicto.
Así que puedes buscar inspiración a tu alrededor, fijándote en las personas de tu entorno.
Pero al crear un personaje, imagina, inventa, pon de tu cosecha.
La gente normal es maravillosa, pero no suele servir como personajes de novela.

23. Haz que tus personajes mientan

Ya lo sabes: la perfección no es atractiva.
No nos podemos reconocer en ella.
Todos mentimos alguna vez, aunque sean mentiras de las llamadas piadosas.
Copia ese rasgo de la realidad y trasplántalo a tus personajes. No solo los villanos, también tu virtuoso protagonista puede mentir,

24. Haz que tus personajes no digan todo lo que piensan

Pueden reservarse su opinión y no ir pregonando por ahí todo lo que piensan.
Todavía más interesante: puede haber cosas que no se dicen ni a sí mismos.

25. Todo encaja

Cuando perfilas el conflicto, asientas las metas y haces que tus personajes tengan imperfecciones humanas con las que cualquiera se pueda identificar, todo lo demás encaja.

Así de fácil.

Seudónimo, ese gran recurso del escritor


Seguramente que a muchos de vosotros el término seudónimo o pseudónimo os suena y os es familiar. Aunque realmente hemos pasado los tiempos de la censura, hoy más que nunca se utiliza el recurso del seudónimo en la Literatura. Si bien las intenciones y motivos para usarlo han cambiado totalmente.
Atrás quedaron los tiempos en los que grandes escritores utilizaban el seudónimo como herramienta para publicar sus obras, algo que no sería posible por ser mujer, de otra raza o de otro credo distinto al de la Sociedad.


Pero hoy en día, el uso de un seudónimo se debe a que se quiere anonimato para realizar otras tareas, como le pasa a John Le Carré el cual utiliza este seudónimo para poder publicar escritos científicos con su nombre real y poder ejercer su carrera de medicina. También se pide anonimato para poder participar en igualdad de condiciones en un certamen literario o poder introducirse en un género nuevo como hizo recientemente J.K. Rowling con Robert Gilbraith.

El seudónimo sigue usándose por los grandes escritores y escritores que más venden

La lista de escritores es muy larga y por ello la web Jonkers Rare Books ha creado una infografía en donde se recoge a los escritores más famosos de los últimos siglos que han utilizado el seudónimo como recurso para defenderse o para satisfacer sus necesidades.
La infografía aunque está en inglés no tiene desperdicio y seguramente que nos encontraremos con alguna sorpresa o curiosidad. Por ello a final del articulo encontraréis la infografía segmentada en pequeñas imágenes donde aparecen al menos tres escritores famosos. Personalmente me ha llamado mucho la atención puesto que hoy en día cuando uno hace una publicación profesional o se quiere dedicar a ser escritor de manera profesional lo hace para ganar dinero y darse a conocer, pero parece que es algo que no todos lo consideran así, al menos por el número de seudónimos famosos que aparecen y aquellos que no son famosos o no se han conocido su identidad y que pasarán al olvido ¿ vosotros qué os parece esta infografía? ¿ creéis que falta algún escritor famoso más? ¿ vosotros habéis utilizado o utilizaríais un seudónimo?

martes, 26 de abril de 2016

Total Desabastecimiento


Ramiro Bello, nos trae una crónica cotidiana de la Caracas contemporánea, con los problemas inherentes a la Venezolaneidad perdida. Esta crónica cargada de imágenes nos permite reconocer sin problema alguno a los vecinos allí descritos. 

Reflejo de nuestra realidad diaria, Total desabastecimiento nos dará un espacio para reflexionar sobre lo que nos acontece y rodea, a la par que en algunos momentos nos esboza una sonrisa por encontrar nuestra silueta dibujada en ella. 







viernes, 22 de abril de 2016

Cómo escribir escenas que enganchen a tus lectores






Cuando hablamos de escritura de ficción, podemos decir que una escena es aquel fragmento de la obra que forma una unidad menor dentro de la trama, ya sea porque tiene unos mismos personajes, ya sea porque ocurre en un mismo escenario o contiene una misma acción.

Ahora bien, no todas las escenas son iguales. Según lo que ocurra en ellas, pueden ser etiquetadas como escenas de acción, escenas de reacción o escenas de ambientación. Conocer en qué se diferencian cada una de ellas nos ayudará a estructurar mejor nuestras historias y a manejar la tensión narrativa con mayor soltura.

Dicho esto, veamos con más detalle en qué consiste cada tipo de escena según esta clasificación:


Escenas de acción

Cuando hablamos de tipos de escena dentro de una historia, una escena de acción no significa que tenga que haber peleas, explosiones ni nada por el estilo. Lo que quiere decir es que nos encontramos en una escena en la que ocurre algo o, mejor dicho, en la que el personaje (o personajes) HACEN algo con el fin de conseguir su objetivo.
Por ejemplo, el detective va a la casa de un sospechoso para interrogarlo; o el héroe se apunta a clases de kárate para poder ganar la batalla final con su enemigo. Lo que sea. El caso es que tiene que suceder algo. En la escena hay un personaje con un propósito que lleva a cabo una acción.
La mayor parte de las escenas que escribamos en una novela o un guión han de ser de este tipo, para que la trama avance y el lector/espectador se mantenga enganchado a la historia. Ahora bien si todas las escenas de la trama fuesen de acción, no daríamos ninguna tregua a la historia y podría resultar agotadora. Para evitarlo es para lo que podemos recurrir a otro tipo de escenas, como las de reacción o las de ambientación.
Escenas de reacción

Las escenas de reacción son aquellas en las que el protagonista reacciona a algo que le ha ocurrido en la historia, mostrando al lector cómo se siente y/o cómo se comporta en esas circunstancias.
Por ejemplo, el héroe que se había apuntado a clases de kárate pierde un pequeño combate y se deprime, creyendo que ya no tiene nada que hacer.
En ocasiones podemos encontrarnos con escenas de reacción que terminan con un giro. Es decir, al final de las mismas, ocurre algo que hará que el personaje reciba un nuevo impulso para la siguiente escena (que será de acción).
Las escenas de reacción, como decía antes, ayudan a que la trama frene un poco y ofrecen un respiro tanto para el lector como para el personaje, pero no debemos abusar de ellas o la historia resultaría aburrida. Como casi todo en esta vida, el truco está en usarlas con moderación y en el momento justo.
Escenas de ambientación

Por último, podemos encontrarnos en menor medida con escenas de ambientación. Son aquellas en las que se resuelve un problema ajeno a la trama principal (que no hace avanzar la historia) o se aporta información sobre el mundo en el que se desarrolla la historia. En estas escenas no ocurre nada relevante para la trama (al menos en apariencia), aunque nos ayudan a desarrollar mejor al personaje y su mundo.
Este tipo de escenas debemos usarlas aún con mayor moderación que las anteriores, ya que no es que frenen el ritmo la trama, sino que lo detienen por completo. Puede ser un recurso interesante en algunos casos, pero analiza bien si te interesa recurrir a él. Si no es así, siempre puedes introducir la ambientación como pequeñas pinceladas dentro de una escena de acción o una escena de reacción.
Así que cuando revises la estructura de tu novela, analiza escena a escena y asegúrate de que la tensión narrativa mantiene un buen equilibrio entre acción, reacción y ambientación. Recuerda: debe existir un dominio de la acción y pequeñas pausas o respiros en los que los personajes reaccionan. De vez en cuando, si es necesario, puedes incluir una escena de ambientación.
¡Feliz escritura!

miércoles, 20 de abril de 2016

Literapia: Escribe para sanar tus heridas



Palabras hirientes, ofensas o expresiones con cierta carga de desprecio o rencor, son algunos ejemplos de lo que podemos escuchar tras la ruptura de una relación, sin importar si es de amistad, pareja, familia e incluso del tipo laboral.
Si hay dolor, es necesario buscar la manera de sanar antes de que algunas emociones que producen sufrimiento, echen raíces en el corazón. Además de las pérdidas emocionales como son un divorcio o el término de una larga amistad, también se pueden guardar recuerdos de la infancia o adolescencia que están lejos de ser agradables o hermosos y que se necesitan sanar.
¿Es posible superar el dolor, el rencor, enojo y odio? La respuesta es contundente: Sí. De esta forma lo explica Margarita Terragona, académica de la Universidad Iberoamericana y agrega que es posible lograrlo, que si bien es cierto, depende de la situación y de la persona ya que habrá circunstancias que por su naturaleza sean más delicadas de tratar, en general hay que partir de la idea que es posible curar las heridas ocasionadas por experiencias dolorosas.
Verbaliza y nombra
La experta explica que la utilidad de escribir situaciones traumáticas tiene un impacto muy favorable en la persona que lo hace y puntualiza que si es de manera diaria, durante un lapso de 10 días, logrará verbalizar pensamientos profundos y plasmar aquello que sintió en el momento del evento, cómo vive y todas las emociones y reflexiones que derivaron del suceso que describe.
Por medio de la palabra escrita se puede encontrar un modo cercano e íntimo por el cual se coloca en su justa dimensión la experiencia, lo que provocó emocional y físicamente, además de darle nombre a cada una de las inquietudes, dilemas, conflictos, entre otras situaciones más, que sólo dificultan el proceso de sanación.
Cada persona decide si quiere que alguien más lea lo que ha escrito, ya que el ejercicio es para sí mismo. La carta que va dirigida a una persona tiene una naturaleza distinta, el tratamiento es diferente que cuando se escriben ideas y pensamientos para la propia reflexión e interiorización de un evento, que si un texto está dirigido a otra persona o bien, fue hecho con la intención de que sea leído.
Literaterapia
Paulo De Lánz, autor del libro “La sanación escribiendo”, de Editorial Vergara, explica que este tipo de terapia fue empleado por primera vez en 1993 y comenta que se trata de “un concepto muy amplio que abarca tanto un conjunto de técnicas psicoterapéuticas como método didáctico aplicable a la enseñanza de la escritura creativa. En las dos áreas, sus resultados son altamente promisorios”.
En lo que se refiere al proceso de la escritura como método terapéutico, el autor expone que: “El primer paso hacia el reencuentro con uno mismo, con esa parte de nosotros que alguna vez estuvo cerca, hablándonos, y que poco a poco dejamos de escuchar, es el reconocimiento de lo que ha sido nuestra vida con sus aciertos y sus errores. Sólo mediante un examen modesto y comprensivo de lo que fue el pasado, podemos llegar a entender lo que ocurre en el presente y, en alguna medida, atisbar en la dirección del futuro inmediato”.
Paulo De Lánz, comenta que es importante preguntarse cuáles son los temas que han sido causa de preocupación de forma constante a lo largo de la vida, y subraya que son aquellos que se han reflexionado, buscado las respuestas en libros, en conversaciones, en las experiencias acumuladas y que se desea encontrarles cauce y solución.
Se puede echar mano de cualquier hoja o libreta, incluso se puede adquirir un cuaderno que por su acabado y color sea atractivo para comenzar con el ejercicio.
Las condiciones que cada uno propicie dependen del interés y gusto, la tinta puede ser rosa, azul, verde o decidir hacerlo por medio del tradicional teclado de computadora o cualquier otro dispositivo como una tableta.
“Escribe, de la manera más sencilla y fluida que puedas y sin preocuparte por si está bien o mal escrito, todas las ideas que te vengan a la mente… Puedes organizar tus notas en versos, como en un poema, o ponerlas a renglón seguido. No te preocupes por eso ahora. Sólo trata de dar nombres a tus emociones”, finaliza el autor.

sábado, 16 de abril de 2016

Escribir un cuento. Por Raymond Carver. Tomado de Ciudad Seva.






Allá por la mitad de los sesenta empecé a notar los muchos problemas de concentración que me asaltaban ante las obras narrativas voluminosas. Durante un tiempo experimenté idéntica dificultad para leer tales obras como para escribirlas. Mi atención se despistaba; y decidí que no me hallaba en disposición de acometer la redacción de una novela. De todas formas, se trata de una historia angustiosa y hablar de ello puede resultar muy tedioso. Aunque no sea menos cierto que tuvo mucho que ver, todo esto, con mi dedicación a la poesía y a la narración corta. Verlo y soltarlo, sin pena alguna. Avanzar. Por ello perdí toda ambición, toda gran ambición, cuando andaba por los veintitantos años. Y creo que fue buena cosa que así me ocurriera. La ambición y la buena suerte son algo magnífico para un escritor que desea hacerse como tal. Porque una ambición desmedida, acompañada del infortunio, puede matarlo. Hay que tener talento.
Son muchos los escritores que poseen un buen montón de talento; no conozco a escritor alguno que no lo tenga. Pero la única manera posible de contemplar las cosas, la única contemplación exacta, la única forma de expresar aquello que se ha visto, requiere algo más. El mundo según Garp es, por supuesto, el resultado de una visión maravillosa en consonancia con John Irving. También hay un mundo en consonancia con Flannery O’Connor, y otro con William Faulkner, y otro con Ernest Hemingway. Hay mundos en consonancia con Cheever, Updike, Singer, Stanley Elkin, Ann Beattie, Cynthia Ozick, Donald Barthelme, Mary Robinson, William Kitredge, Barry Hannah, Ursula K. LeGuin... Cualquier gran escritor, o simplemente buen escritor, elabora un mundo en consonancia con su propia especificidad.

Tal cosa es consustancial al estilo propio, aunque no se trate, únicamente, del estilo. Se trata, en suma, de la firma inimitable que pone en todas sus cosas el escritor. Este es su mundo y no otro. Esto es lo que diferencia a un escritor de otro. No se trata de talento. Hay mucho talento a nuestro alrededor. Pero un escritor que posea esa forma especial de contemplar las cosas, y que sepa dar una expresión artística a sus contemplaciones, tarda en encontrarse.

Decía Isak Dinesen que ella escribía un poco todos los días, sin esperanza y sin desesperación. Algún día escribiré ese lema en una ficha de tres por cinco, que pegaré en la pared, detrás de mi escritorio... Entonces tendré al menos es ficha escrita. “El esmero es la ÚNICA convicción moral del escritor”. Lo dijo Ezra Pound. No lo es todo aunque signifique cualquier cosa; pero si para el escritor tiene importancia esa “única convicción moral”, deberá rastrearla sin desmayo.

Tengo clavada en mi pared una ficha de tres por cinco, en la que escribí un lema tomado de un relato de Chejov:... Y súbitamente todo empezó a aclarársele. Sentí que esas palabras contenían la maravilla de lo posible. Amo su claridad, su sencillez; amo la muy alta revelación que hay en ellas. Palabras que también tienen su misterio. Porque, ¿qué era lo que antes permanecía en la oscuridad? ¿Qué es lo que comienza a aclararse? ¿Qué está pasando? Bien podría ser la consecuencia de un súbito despertar. Siento una gran sensación de alivio por haberme anticipado a ello.

Una vez escuché al escritor Geoffrey Wolff decir a un grupo de estudiantes: No a los juegos triviales. También eso pasó a una ficha de tres por cinco. Sólo que con una leve corrección: No jugar. Odio los juegos. Al primer signo de juego o de truco en una narración, sea trivial o elaborado, cierro el libro. Los juegos literarios se han convertido últimamente en una pesada carga, que yo, sin embargo, puedo estibar fácilmente sólo con no prestarles la atención que reclaman. Pero también una escritura minuciosa, puntillosa, o plúmbea, pueden echarme a dormir. El escritor no necesita de juegos ni de trucos para hacer sentir cosas a sus lectores. Aún a riesgo de parecer trivial, el escritor debe evitar el bostezo, el espanto de sus lectores.

Hace unos meses, en el New York Times Books Review, John Barth decía que, hace diez años, la gran mayoría de los estudiantes que participaban en sus seminarios de literatura estaban altamente interesados en la “innovación formal”, y eso, hasta no hace mucho, era objeto de atención. Se lamentaba Barth, en su artículo, porque en los ochenta han sido muchos los escritores entregados a la creación de novelas ligeras y hasta “pop”. Argüía que el experimentalismo debe hacerse siempre en los márgenes, en paralelo con las concepciones más libres. Por mi parte, debo confesar que me ataca un poco los nervios oír hablar de “innovaciones formales” en la narración. Muy a menudo, la “experimentación” no es más que un pretexto para la falta de imaginación, para la vacuidad absoluta. Muy a menudo no es más que una licencia que se toma el autor para alienar -y maltratar, incluso- a sus lectores. Esa escritura, con harta frecuencia, nos despoja de cualquier noticia acerca del mundo; se limita a describir una desierta tierra de nadie, en la que pululan lagartos sobre algunas dunas, pero en la que no hay gente; una tierra sin habitar por algún ser humano reconocible; un lugar que quizá sólo resulte interesante para un puñado de especializadísimos científicos.

Sí puede haber, no obstante, una experimentación literaria original que llene de regocijo a los lectores. Pero esa manera de ver las cosas -Barthelme, por ejemplo- no puede ser imitada luego por otro escritor. Eso no sería trabajar. Sólo hay un Barthelme, y un escritor cualquiera que tratase de apropiarse de su peculiar sensibilidad, de su mise en scene, bajo el pretexto de la innovación, no llegará sino al caos, a la dispersión y, lo que es peor, a la decepción de sí mismo. La experimentación de veras será algo nuevo, como pedía Pound, y deberá dar con sus propios hallazgos. Aunque si el escritor se desprende de su sensibilidad no hará otra cosa que transmitirnos noticias de su mundo.

Tanto en la poesía como en la narración breve, es posible hablar de lugares comunes y de cosas usadas comúnmente con un lenguaje claro, y dotar a esos objetos -una silla, la cortina de una ventana, un tenedor, una piedra, un pendiente de mujer- con los atributos de lo inmenso, con un poder renovado. Es posible escribir un diálogo aparentemente inocuo que, sin embargo, provoque un escalofrío en la espina dorsal del lector, como bien lo demuestran las delicias debidas a Navokov. Esa es de entre los escritores, la clase que más me interesa. Odio, por el contrario, la escritura sucia o coyuntural que se disfraza con los hábitos de la experimentación o con la supuesta zafiedad que se atribuye a un supuesto realismo. En el maravilloso cuento de Isaak Babel, Guy de Maupassant, el narrador dice acerca de la escritura: Ningún hierro puede despedazar tan fuertemente el corazón como un punto puesto en el lugar que le corresponde. Eso también merece figurar en una ficha de tres por cinco.

En una ocasión decía Evan Connell que supo de la conclusión de uno de sus cuentos cuando se descubrió quitando las comas mientras leía lo escrito, y volviéndolas a poner después, en una nueva lectura, allá donde antes estuvieran. Me gusta ese procedimiento de trabajo, me merece un gran respeto tanto cuidado. Porque eso es lo que hacemos, a fin de cuentas. Hacemos palabra y deben ser palabras escogidas, puntuadas en donde corresponda, para que puedan significar lo que en verdad pretenden. Si las palabras están en fuerte maridaje con las emociones del escritor, o si son imprecisas e inútiles para la expresión de cualquier razonamiento -si las palabras resultan oscuras, enrevesadas- los ojos del lector deberán volver sobre ellas y nada habremos ganado. El propio sentido de lo artístico que tenga el autor no debe ser comprometido por nosotros. Henry James llamó “especificación endeble” a este tipo de desafortunada escritura.

Tengo amigos que me cuentan que deben acelerar la conclusión de uno de sus libros porque necesitan el dinero o porque sus editores, o sus esposas, les apremian a ello. “Lo haría mejor si tuviera más tiempo”, dicen. No sé qué decir cuando un amigo novelista me suelta algo parecido. Ese no es mi problema. Pero si el escritor no elabora su obra de acuerdo con sus posibilidades y deseos, ¿por qué ocurre tal cosa? Pues en definitiva sólo podemos llevarnos a la tumba la satisfacción de haber hecho lo mejor, de haber elaborado una obra que nos deje contentos. Me gustaría decir a mis amigos escritores cuál es la mejor manera de llegar a la cumbre. No debería ser tan difícil, y debe ser tanto o más honesto que encontrar un lugar querido para vivir. Un punto desde el que desarrollar tus habilidades, tus talentos, sin justificaciones ni excusas. Sin lamentaciones, sin necesidad de explicarse.

En un ensayo titulado "Escribir cuentos", Flannery O’Connor habla de la escritura como de un acto de descubrimiento. Dice O’Connor que ella, muy a menudo, no sabe a dónde va cuando se sienta a escribir una historia, un cuento... Dice que se ve asaltada por la duda de que los escritores sepan realmente a dónde van cuando inician la redacción de un texto. Habla ella de la “piadosa gente del pueblo”, para poner un ejemplo de cómo jamás sabe cuál será la conclusión de un cuento hasta que está próxima al final:
"Cuando comencé a escribir el cuento no sabía que Ph.D. acabaría con una pierna de madera. Una buena mañana me descubrí a mí misma haciendo la descripción de dos mujeres de las que sabía algo, y cuando acabé vi que le había dado a una de ellas una hija con una pierna de madera. Recordé al marino bíblico, pero no sabía qué hacer con él. No sabía que robaba una pierna de madera diez o doce líneas antes de que lo hiciera, pero en cuanto me topé con eso supe que era lo que tenía que pasar, que era inevitable."
Cuando leí esto hace unos cuantos años, me chocó el que alguien pudiera escribir de esa manera. Me pereció descorazonador, acaso un secreto, y creí que jamás sería capaz de hacer algo semejante. Aunque algo me decía que aquel era el camino ineludible para llegar al cuento. Me recuerdo leyendo una y otra vez el ejemplo de O’Connor.

Al fin tomé asiento y me puse a escribir una historia muy bonita, de la que su primera frase me dio la pauta a seguir. Durante días y más días, sin embargo, pensé mucho en esa frase: Él pasaba la aspiradora cuando sonó el teléfono. Sabía que la historia se encontraba allí, que de esas palabras brotaba su esencia. Sentí hasta los huesos que a partir de ese comienzo podría crecer, hacerse el cuento, si le dedicaba el tiempo necesario. Y encontré ese tiempo un buen día, a razón de doce o quince horas de trabajo. Después de la primera frase, de esa primera frase escrita una buena mañana, brotaron otras frases complementarias para complementarla.

Puedo decir que escribí el relato como si escribiera un poema: una línea; y otra debajo; y otra más. Maravillosamente pronto vi la historia y supe que era mía, la única por la que había esperado ponerme a escribir.

Me gusta hacerlo así cuando siento que una nueva historia me amenaza. Y siento que de esa propia amenaza puede surgir el texto. En ella se contiene la tensión, el sentimiento de que algo va a ocurrir, la certeza de que las cosas están como dormidas y prestas a despertar; e incluso la sensación de que no puede surgir de ello una historia. Pues esa tensión es parte fundamental de la historia, en tanto que las palabras convenientemente unidas pueden irla desvelando, cobrando forma en el cuento. Y también son importantes las cosas que dejamos fuera, pues aún desechándolas siguen implícitas en la narración, en ese espacio bruñido (y a veces fragmentario e inestable) que es sustrato de todas las cosas.

La definición que da V.S. Pritcher del cuento como “algo vislumbrado con el rabillo del ojo”, otorga a la mirada furtiva categoría de integrante del cuento. Primero es la mirada. Luego esa mirada ilumina un instante susceptible de ser narrado. Y de ahí se derivan las consecuencias y significados. Por ello deberá el cuentista sopesar detenidamente cada una de sus miradas y valores en su propio poder descriptivo. Así podrá aplicar su inteligencia, y su lenguaje literario (su talento), al propio sentido de la proporción, de la medida de las cosas: cómo son y cómo las ve el escritor; de qué manera diferente a las de los más las contempla. Ello precisa de un lenguaje claro y concreto; de un lenguaje para la descripción viva y en detalle que arroje la luz más necesaria al cuento que ofrecemos al lector. Esos detalles requieren, para concretarse y alcanzar un significado, un lenguaje preciso, el más preciso que pueda hallarse. Las palabras serán todo lo precisas que necesite un tono más llano, pues así podrán contener algo. Lo cual significa que, usadas correctamente, pueden hacer sonar todas las notas, manifestar todos los registros.


miércoles, 13 de abril de 2016

Una segunda oportunidad

Muchas veces estamos cansados de nuestras vidas, a veces nos parecen tan comunes y sencillas, que no estamos satisfechos con lo que tenemos. 

Muy pocas veces tenemos una segunda oportunidad para repensarnos y reinventarnos. Sandra Gallego, nos cuenta la historia de Roberto quien ha tenido una segunda oportunidad. Un cuento , narrado de una forma amena y relajada, nos asoma a una ventana de la cotidianeidad en Petare. La cordial invitación de hoy es a  darse una vuelta por la redoma de Petare y conocer a Roberto.